EL BAOBAB
Chicos, los invito a leer este fragmento de un artículo "árbol madre de la humanidad", que tomé del blog "los árboles invisibles" escrito por Teo. A leerlo y a disfrutarlo.
Algunas leyendas africanas cuentan que los primeros ancestros humanos nacieron de los baobabs, esos árboles majestuosos, multiformes, imponentes que se alzan solitarios en el monótono paisaje de la sabana.
El baobab (Adansonia digitata, de la familia Malvaceae) es un árbol de aspecto y biología peculiar, que se extiende por toda el África subsahariana. Pueden ser muy longevos, con frecuencia llegan a ser milenarios; se han datado baobabs de más de 3.000 años. No son árboles muy altos, no suelen pasar de los 20 m, pero forman unos troncos masivos inmensos de hasta 14 m de diámetro. Con frecuencia sus troncos están huecos y en su interior pueden almacenar gran cantidad de agua; más de 6.000 litros. En el mismo género Adansonia existe una especie de baobab que vive en Australia y otras seis especies más que se encuentran en la isla de Madagascar; la más famosa esA. grandidieri que forma la impresionante "avenida de los baobabs gigantes" de Morondava.
El árbol donde nació el hombre se titula un libro de Peter Matthiessen publicado en 1972¹. Es una narración de sus viajes por Sudán, Uganda, Kenia y Tanzania en los años sesenta del pasado siglo. Al inicio del libro, Matthiessen imagina al árbol-madre de la mitología Nuer como "un gran baobab que sobresale con fuerza, como una raíz antigua de la vida, entre los pastizales que se extienden hasta el horizonte".
Para muchos pueblos el baobab es el "árbol de la vida". Posiblemente su capacidad de almacenar agua permitió la expansión de los pueblos nómadas por las zonas más áridas de África. Matthiessen convivió con el pueblo Hadza, que conserva un estilo simple de vida como recolectores y cazadores, y nos cuenta en su libro cómo utilizan los diversos productos del baobab. Las mujeres recogen las semillas, ricas en proteínas y grasas, para molerlas y cocinarlas; una vez preparadas pueden ser consumidas durante los siguientes cinco meses. Las hojas frescas se comen como ensalada. Los panales de abejas que se instalan en los troncos y ramas surten de miel. Los frutos, secados, pueden servir de sonajeros para los pequeños o cortados a la mitad, como cuencos para beber. La corteza abastece de fibra para elaborar cuerdas y redes. Durante las lluvias los árboles proporcionan cobijo y durante la sequía son una fuente de agua que almacenan en sus grandes troncos huecos.
Es el árbol de la vida y también del más allá. "Los baobabs atraen a criaturas nocturnas como los murciélagos y gálagos (pequeños primates) que polinizan sus flores. Algunos pueblos creen que también atraen a los fantasmas; los consideran casas de los espíritus".
El origen de la humanidad, ese maravilloso misterio de la evolución que ocurrió en las tierras africanas, es el hilo conductor del libro. En el Serengueti, Matthiessen coincidió con George Schaller, zoólogo que entonces estudiaba los carnívoros del Parque. Juntos recorrieron la región de Olduvai y especularon sobre las costumbres sociales de los primeros homínidos, que emergieron de los bosques de África Central. El escritor nos transmite la emoción de estar contemplando los paisajes ancestrales que vieron nacer a la estirpe humana: "los cazadores y recolectores han estado recorriendo esta región desde que la humanidad surgió aquí por evolución".
Durante la narración de su viaje, Matthiessen muestra fascinación por los paisajes, la fauna y los pueblos con sus culturas diversas. También le dedica alguna atención a los árboles africanos². He reseñado o transcrito a continuación una selección de pasajes del libro que me han parecido de interés para el "buscador de árboles" o que por su belleza descubren la forma de percibir el mundo de Matthiessen.
En las montañas del norte de Kenia, acamparon en un bosque de olivos africanos centenarios (Olea europaea subsp. cuspidata) con sus viejos troncos retorcidos. "Pocos bosques son tan hermosos, tan silenciosos".
"Los jóvenes Rendille (tribu de pastores nómadas) permanecían impávidos, como garzas, apoyados en una sola pierna, masticando ramitas de mswaki (Salvadora persica), mientras nos contemplaban pasar".

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